Camina y descubre la naturaleza de Montesclaros

Camina y descubre la naturaleza de Montesclaros

Tras la huella del lince, entre montes del valle del Tiétar y el Guadyerbas.

Accedemos a Montesclaros a través de la carretera TO-9043-V, por el sur desde el municipio de Segurilla, o por el norte desde Hontanares, provincia de Ávila. Una vez aquí, buscamos la calle de Talavera, desde donde iniciamos esta ruta hacia el sur, por el camino Viejo de Mejorada. 

El inicio discurre entre cercones de piedra (km 0,1), donde encontramos algunos huertos y olivares cultivados entre la vegetación silvestre, teniendo como protagonistas a las encinas, majuelos y alcornoques. Junto al camino, aparecen sotos y linderos, donde abundan esparragueras y zarzamoras que dan refugio a una interesante variedad de pájaros como currucas, ruiseñores, mirlos, mitos, etc. A la derecha nos encontramos con la Ermita de San Sebastián, (km 0,2) que merece una parada para disfrutar del bello edificio y al norte contemplar el impresionante macizo de Gredos, en ocasiones nevado, bella postal que podemos capturar con nuestra cámara.

Seguimos hasta dejar atrás los pequeños huertos familiares, abrigados al suroeste por el frondoso Cerro Don Pedro, refugio de azores, gavilanes y demás rapaces forestales. Dejamos atrás los últimos huertos de economía familiar (km 0,5) que, arados por los paisanos que cultivan higueras y viñas, atraen a otros pájaros muy ligados a estos ecosistemas, como picogordos, oropéndolas, verdecillos y estorninos, llamando la atención del caminante. Atravesamos por una alameda donde en primavera cantan los ruiseñores, se cruzan los mirlos con voz de alarma y cantan los zorzales. Dejamos a la derecha el camino de Parrillas (km 0,8) y seguimos adelante inmersos entre encinas y alcornoques. En otoño es lugar ideal para los aficionados a las setas, ya que abundan los boletos, los parasoles y las lepistas, entre otras especies micológicas.

Llegamos a los primeros caleros (km 1,1) y la parada se hace obligada para observar estos hornos tradicionales, donde antaño las gentes del lugar, extraían y transformaban estas piedras en cal para jalbegar las casas del pueblo. Estos hornos ya en desuso, son aprovechados por los conejos que construyen sus vivares entre las escorias, siendo sin duda un fiel testimonio de la arqueología industrial de este municipio.

Siguiendo el camino cruzamos una portera canadiense. Hemos de ir atentos, pues sobre el terreno blando de las tardes lluviosas de primavera y otoño, una huella redondeada impresa en el barro puede indicar la presencia de alguno de los últimos linces ibéricos, uno de los mamíferos más amenazados del planeta que aún campea estos montes. Nos encontramos inmersos en un espacio de unos valores ambientales excepcionales, incluido en el LIC Sierra de San Vicente y Valles del Tiétar y Alberche y la ZEPA Valle del Tiétar y Embalses de Rosarito y Navalcán. No será éste el único mamífero carnívoro de la zona, pues están presentes buena parte de los que habitan la Península Ibérica: ginetas, garduñas, comadrejas, tejones, zorros, meloncillos, gatos monteses, etc.

A veces la dehesa se muestra algo más abierta (km 1,5), pastan vacas de la tierra, mientras llegamos a un núcleo de varios caleros en el paraje de La Cabezuela. Seguimos entre jaras y cantuesos; a la izquierda, huertos protegidos por cercones tradicionales de piedra donde escuchamos el canto de los pinzones y el maullar del mochuelo. Mas adelante, el monte se espesa con un abundante jaral, donde observamos currucas, mosquiteros y mitos. En el cielo de abril, vuela en círculos una rapaz, es la culebrera europea recién llegada del continente africano.

A ambos lados del camino el monte se espesa más y más (km 2,6), entre chaparros, jaras y romeros. Nos sorprende el fuerte aleteo de una paloma torcaz que irrumpe asustada por nuestra presencia, mientras observamos un ratonero apostado en una tronca.

Seguimos el camino mientras vemos al fondo a nuestra izquierda, una brecha que se abre en el monte, es la cantera de San Pedro (km 3,5), una explotación a cielo abierto, aún en uso. A partir de aquí, el camino casi se pierde, convirtiéndose en una estrecha senda. La referencia es siempre ir dejando el monte a la izquierda hasta volver a conectar con la senda, otra vez bien visible. Hace rato que vamos descendiendo, hacia el Valle del Guadyerbas. Se abre de nuevo el encinar y nos paramos a observar. Arriba vuelan el águila calzada y el milano real; aún más arriba planean los buitres como meciéndose en las corrientes térmicas. Por aquí cerca, algunos privilegiados han disfrutado con la presencia de la esquiva cigüeña negra o de la figura del lince ibérico que escaso, aún encuentra en estas tierras un último refugio para su supervivencia.

Seguimos el camino hacia abajo, dejamos un viejo y ruinoso caserío a la derecha (km 5,2), también a la derecha queda la Casa Huerta Vicente, poco después pasamos junto a una charca y ya muy cerca, los establos de Huerta Vicente donde finaliza la ruta (km 5,8) por este ecosistema montaraz, característico del ecosistema mediterráneo, uno de los mejor conservados y más valiosos de la comarca.